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Riotaro hizo inmediatamente lo preciso para ingresar en aquel círculo de nuevos amigos. Estaba convencido de que conseguiría vencer aquella irrazonable melancolía y aquel aburrimiento que le afligían por el medio de ser –o fingir ser- un poco alegre por lo menos. La credulidad, que es la caricatura de la creencia, le había dejado en un estado de incandescente reposo. Siempre que participaba en cualquier deleznable broma o ingeniosidad, se decía: «Ahora no estoy triste, ahora no me aburro». A esto le llamaba «olvidar los problemas».
Mucha es la gente que duda si es feliz o no, si está alegre o no. Ése es el natural estado de la felicidad, por cuanto la duda es sumamente natural. Sólo Riotaro declara «soy feliz» y se convence a sí mismo de que lo es.
Debido a eso, la gente suele creer en la mal llamada «indudable felicidad» de Riotaro. Y de esa forma algo muy leve, pero real, se introduce en una poderosa máquina de fabricación de falsedades. La máquina comienza a funcionar con gran eficacia. Y la gente ni siquiera se da cuenta de que Riotaro no es más que una máscara de autoengaños.
Mishima, Yukio. ([1979]1985). Confesiones de una máscara. México. Editorial Planeta. 220 pp.