Empecé a grabar anime a mis once años más o menos. Como lo supondrán aquellos que hayan leído más posts de este blog, todo comenzó con Slam Dunk. O al menos así lo recuerdo. Después de que mis caricaturas de la tarde empezaron a tener cambios de horario sin previo aviso, mi preocupación por no volver a ver a mis personajes preferidos inundó mi mente hasta que tomé la videocasetera y comencé a darle al botón de REC. Escaflowne, Dragon Ball Z: los guerreros del futuro, los ovas de Magic Knight Rayearth, Slam Dunk, los pocos episodios de Detective Conan…
Grabar por las tardes no era un gran problema, pero después tuve que despertarme a las 6 de la mañana para poder grabar Slam Dunk por los sábados. Estar muy al pendiente del canal porque de repente te ponían algo como te lo quitaban. Usar la técnica de Tigre caído Saotome para suplicarle a mi primo que grabara algunas cosas por mí cuando yo no podía hacerlo por tener innecesaria vida social. Aún recuerdo como mi prioridad de tener comida durante el receso fue reemplazada por tener más cintas para grabar y la felicidad de descubrir la diferencia entre grabar en EP contra SP, porque podía tener más episodios por cinta (y aunque el SP era de mejor calidad, tampoco la sentía muy distinta de EP). Aprender el timing para quitar los comerciales. Con Gundam Wing sufrí al darme cuenta que Cartoon Network censuraba la serie por las tardes y tuve que asegurarme de grabar la versión noctuna, a veces obligando a mis tíos a recortar nuestras noches sociales porque yo debía estar a tiempo para grabar.
No todos mis VHS fueron grabaciones caseras, algunos los compré. En una época donde la industria del anime a nivel internacional no era lo que es hoy, incluso en la clandestinidad se debía gastar algo más de lo que un padre estaba dispuesto a darle a su hijo de “domingo” (especialmente si dicho padre está en contra del hobby del niño/a). Algún día contaré como la señora de las estampitas cambió mi forma de gastar dinero, de momento, sólo diré que esta señora también llevaba VHS de series de las que yo sólo había leído en Domo y además eran caros para no ser material original. Hoy puedes encontrar en el mercado la serie completa de tal o cual título a 50 pesos. En aquel entonces 3 episodios te costaban mucho más. Nunca olvidaré la primera vez que vi Evangelion en una de esas cintas.
Esa es la cosa con la nostalgia, tus recuerdos se funden con las cosas que posees, con aquel libro o aquella serie o esa bicicleta azul que al inicio odiabas o la casa en la que solías vivir o la escuela a la que solías asistir. De repente todo esto deja de ser un objeto y se convierte en algo único y casi mágico para cada uno. Por eso es tan difícil deshacernos de aquellos objetos.
Lo cierto es que no puedes llevarte todas las cosas que hay en tu habitación cuando te mudas. Y en algún momento algo que usas debe reemplazar lo que no has tocado en más de un año. Tuve que guardar mis VHS en una caja y esa caja paso de un lado a otro. Cuando el DVD finalmente reemplazó a las viejas videocaseteras ya ni siquiera era necesario guardarlos, pero lo hice. Incluso me propuse pasar todas mis grabaciones a DVD, lo que sólo quedó en palabras.
Un día el lugar donde había quedado mi caja se inundó. El tiempo pasó y cuando por fin volví a ver todas mis cintas, estaban rotas, polvosas y oxidadas. No había mucho que salvar y no había necesidad de hacerlo. Aquel futuro que temí en mi niñez nunca ocurrió. Gracias al internet aún puedo ver aquellas series que pasé horas grabando. Hay otras que no, pero estoy trabajando en ello. A veces, al ver algún episodio en estos nuevos formatos pienso: “aquí estaba el anuncio” o “yo grabé eso mejor” y siento una punzada. Nunca olvidaré todas las experiencias que pasé grabando y viendo aquellas series que me hicieron tan feliz. Mis primeras experiencias del anime fuera de lo que se ofrecía en televisión, el sobrenombre que tengo dentro de mi familia, también están relacionadas con esas cintas. No se puede evitar sentir que dejar algo que representa tanto para nosotros es como cuando alguien muere. Y quizá sea una exageración o quizá no los sea, pero de cualquier forma los recuerdos viven por siempre y hay cosas y personas de las que hay que despedirse.
Cada uno de nosotros es una máquina del tiempo. Nosotros estamos en el centro del universo. No en el sentido en el que era concebido mitológicamente, sino en algo más einstaniano, tal como lo expone Dennis Overbye en un artículo para el New York Times. Esta vez, sólo quise mostrar un fragmento de lo que veo en esta máquina del tiempo que es mi cerebro. De vez en cuando me viene a la mente que todo esto de jugar con nuestras viejas consolas y videojuegos, usar bicicletas o cámaras viejas, retomar la máquina de escribir o guardar unos viejos VHS es parte de nuestro deseo de viajar en el tiempo, aferrarnos a nuestros recuerdos, y por eso terminamos pensando que lo anterior siempre es mejor, más orgánico o más artesanal, de lo que tenemos hoy. Sé que no puede reducirse sólo a eso, pero a veces pienso así. Tratamos de imaginar el futuro pero terminamos remontándonos al pasado. Quizá es porque es el único lugar al que podemos mirar. Se puede imaginar el futuro pero lo más cercano que tenemos a la certeza está en el pasado. Por eso la nostalgia es inevitable, especialmente cuando debes decirles adiós a tus viejos VHS de anime.
