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Creo que la cocina es el lugar del mundo que más me gusta. En la cocina, no importa de quien ni cómo sea, o en cualquier sitio donde se haga comida, no sufro. Si es posible, prefiero que sea funcional y que esté muy usada. Con los trapos secos y limpios, y los azulejos blancos y brillantes.
Incluso las cocinas sucísimas me encantan.
Aunque haya restos de verduras esparcidos por el suelo y esté tan sucio que la suela de las zapatillas quede ennegrecida, si la cocina es muy grande, me gusta. Si allí se yergue una nevera enorme, llena de comida como para pasar un invierno, me gusta apoyarme en su puerta plateada. Cuando levanto los ojos de la cocina de gas grasienta y del cuchillo oxidado, en la ventana brillan estrellas solitarias.
Sólo estamos la cocina y yo. Pero creo que es mejor que pensar que en este mundo estoy yo sola.
Así comienza Kitchen, el primer libro de Banana Yoshimoto, y también uno de mis primeros contactos con Japón fuera del manga y el anime.
Descubrí este libro cuando tenía trece años y aún lo atesoro. Probablemente sea mi equivalente a la saga de Harry Potter: cargaba con él a todas partes, lo releía una y otra vez hasta aprenderme de memoria mis partes favoritas. Cuando se empezaron a desprender las hojas, compré pegamento y las pegué con cuidado, lo forré con plástico para evitar que se manchara la portada. En cuanto se vencía el préstamo, lo renovaba nuevamente.
Durante un tiempo también fue algo así como mi gusto culposo.
No tenía mucho que me había puesto a leer novelas, pero todos eran clásicos. Estaba pasando por mi fase de “los rusos son los mejores escritores sobre la faz de la Tierra” (que probablemente aún conservo) y me había convencido de que sólo aquellos libros «bautizados por el paso del tiempo» valían la pena. Banana Yoshimoto estaba viva y escribiendo libros; mi cara no cabía de la vergüenza.
Pero Kitchen era más como tener una charla agradable con sus personajes y no lo podía evitar. Cada escena estaba cargada de significado. Ahora que puedo ver hacia atrás, me doy cuenta que aunque en aquel tiempo no conocía lo que era la verdadera nostalgia, eso era parte de lo que me hacía sentir. Añoranza y nostalgia, un punto de contacto. Como cuando en Evangelion hay escenas del atardecer, o de Shinji acostado en medio de la oscuridad de su habitación y sólo hay diálogo o ruidos en medio del silencio.
Una pluma era, en sí misma y en importancia, algo completamente diferente para ella y para él. Quizá también haya en este mundo alguien que ame apasionadamente las plumas.
Es por Kitchen que tomé cierto gusto por las cocinas y cocinar (aunque no sea bueno en ello), e incluso es la razón de por qué terminó gustándome hacer quehaceres como lavar los trastos.
Es por Kitchen que empecé a ver el té de forma distinta. Antes de este libro todo el té me sabía igual, pero de repente descubrí cómo puede enlazarse con el ánimo y el ambiente que me rodea. El día que bebí mi primera taza de Earl Gray fui transportado a aquel mundo: el sofá, la cocina de los Tanabe, Tokyo… me encanta ese sabor y aroma «parecido al jabón».
Kitchen también me abrió los ojos ante lo ordinario e irremplazable, «que por lo demás son (eran) cosas muy triviales».
Y finalmente, gracias a Kitchen mi amor por los libros creció, porque me di cuenta que tal como Mikage ama las cocinas, yo amo los libros. Alguna vez llegué a transcribir el primer párrafo de la novela pero con las palabras libros y biblioteca, en lugar de cocina; quizá fue una tontería, pero en aquel momento sentí que esos eran exactamente mis pensamientos por fin expresados hacia aquellos objetos.
Aunque este libro sea bastante sencillo, está rodeado de todas esas cosas que no hacen más que hacerlo imprescindible a mis ojos a pesar de los años. Quizá no tenga las historias más extraordinarias del mundo, pero tienen “algo”. Aquello que está presente en lo efímero. No sé si definirlo como sensibilidad japonesa, pero al leerlo, mantiene aquello que también está presente en Murakami, en Mishima, en Kawabata. Y es irreemplazable.
O quizá estoy exagerando y simplemente es mi Harry Potter.
Nunca lo sabré.
Kitchen, trad. de Junichi Matsuura y Lourdes Porta (Barcelona: Tusquets, 1991), 3ra edición en colección Andanzas: abril de 1994.
