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Padre, pensó Johnny. Dios mío, qué palabra, qué responsabilidad. Tomó los dibujos. Eran diez, todos de las raíces de plantas cerca del río. Johnny cerró los ojos y se lamió los labios. ¡Cómo le recordaban, en su excelencia, a sus propios y pobres dibujos!
-Estoy profundamente orgulloso -dijo Johnny-. A mí jamás me salieron tan bien.
-Usted me enseñó -dijo Peter. Cuando se fue, Johnny giró el rostro hacia la pared. De modo que el muchacho lo sabía, o lo había oído; en caso contrario, ¿por qué otra razón habría traído esos regalos, si no era por lástima?
Durante el año siguiente, no bebió. Ya no cantaba; la piel de la cara se le estaba aflojando y sus ojos no invitaban a compartir intimidades. Hablaba con pocos y ya nadie lo llamaba Johnny. Una tarde de otoño, cuando ya casi era de noche, y el aire llevaba un fuerte olor a nieve, Johnny regresó de un viaje que había hecho a las colinas que estaban detrás del pueblo. Había asistido a una mujer en el parto de un niño muerto.
Un niño muy pero muy afortunado, pensó. Un alma que jamás fracasaría, jamás se encogería de miedo ante el inexorable principio natural: que los fuertes destruyen a los débiles. Cuando estaba desplanzándose hacia allí en su viejo coche de motor Ford bajó la mirada desde la cima de la colina y vio el polvo que generaban las calesas y los viejos y macilentos caballos montados por los indios expulsados de las últimas tierras que les quedaban en el valle: treinta familias, rumbo a la reserva, convertidos en huéspedes del Gobierno, en destinatarios de una beneficencia mezquina. Así hacen los fuertes con los débiles. A algunos les aplican un tratamiento especial.
Savage, T. (2021). El poder del perro (E. Hojman, Trad.). Alianza Editorial.