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En enero tuve la oportunidad de ir a mi primera “venta de estado”. Como en ese entonces no sabía qué era eso, la persona que me llevó junto con sus amigas, me lo explicó así: “cuando alguien se muere y no hay familiares o ellos viven lejos, se contrata a una empresa para que se haga cargo de las cosas de la casa. Entonces abren un día al público para que la gente vaya y compre lo que hay en ella. Todo está a la venta. A nosotras nos gusta ir. Es nuestro pasatiempo”. Otra de mis acompañantes exclamó: “Lo mejor es ir cuando ya casi acaba porque los precios son los mejores”.

La casa a la que llegamos estaba en un buen vecindario. Era pequeña en comparación con sus vecinas, pero sin duda se veía bonita, con una gran cochera y un buen espacio de patio rodeado de árboles. Había nevado el día anterior, por lo que el paisaje se veía como de película navideña.

Mientras entrábamos, una familia salía con dos cajas grandes en los brazos.

Recorrerla se sintió un poco extraño. Olía a humedad y a polvo y pese a ser una casa grande, el interior era sofocante, todo lleno de cosas, sin espacio para que los que lo estábamos allí pudiéramos caminar libremente. Era como un museo en plena hora pico, donde los asistentes agarran las piezas de exhibición casi sin pensarlo (“si te gusta, agárralo antes de que alguien te lo gane”). Pensé en lo poco que significaban para mí las cosas que había allí y lo mucho que (quizás) habían significado para sus dueños.

La cocina era un desastre y no se podía pasar. Había platos sucios y unos recipientes de vidrio con alimentos que tenían etiquetas que decían “aleta de tiburón” u “hongos shitake” escritas a mano. En el sótano había juguetes viejos que seguro nadie tocaba desde hacía años (en esa casa no parecían vivir niños); DVD arrumbados; un cráneo humano bastante realista.

En la habitación principal: muchísima ropa amontonada en la cama; también, como escondidas en un cajón del armario, un montón de tarjetas navideñas de años anteriores enviadas a los dueños. Leí unas cuantas, pensando que pronto las tirarían ¿quién se llevaría eso? Nadie, seguro.

Algunas Playboy en la sala, al lado de las bebidas alcohólicas. Como si fueran parte de un ritual vespertino, esperando ser abiertas y ¿leídas? mientras el lector se tomaba un whisky en las rocas.

El encargado gritaba de tanto en tanto: “¡todo está a la venta, entre más agarre, mejor precio le damos!”

La caza no fue buena: mis acompañantes salieron con una esponja para el baño y una caja de plumas bic azules. Yo, con dos DVD: El Jinete sin cabeza y 2001 una odisea en el espacio.

Uno de mis primeros recuerdos, es de una serie de televisión que se llamaba “Historias extraordinarias”. El capítulo en concreto es sobre un adolescente que conoce a un duende, quien le promete que obtendrá fortuna guardando las cosas que le gustan. El tiempo pasa y el chico, ahora convertido en un anciano vagabundo que vive en su carro y todo lo que tiene son juguetes, juegos de mesa y cosas que le gustaban desde su adolescencia, siente que arruinó su vida siguiendo aquella promesa. Pero en su momento de mayor desesperación, unos sujetos se acercan a él motivados por la curiosidad de las cosas que tiene en su auto y le ofrecen una buena cantidad de dinero por ellas. Mientras el sorprendido protagonista sonríe, la cámara se aleja y la siguiente escena es de una elegante subasta. El viejo viste ahora un esmoquin y está prolijo; su colección, después de todo, sí le dio fortuna, tal como le prometió el duende. Conoce a una mujer hermosa en ese mismo lugar y le invita un trago o algo así. Mientras ambos se marchan, se ve al duende entre el público de la subasta.

¿Había una moraleja en esta historia? Aún me pongo a pensar en eso. El sujeto sí obtuvo fortuna, pero eso no pasó hasta que fue un viejo. En su momento de desesperación por el tiempo perdido, nada parece indicar que el anciano tenga un momento de revelación de cómo juntar su colección valió la pena, salvo el momento en que los otros sujetos se le acercan y se sorprenden al ver tantos “tesoros”. ¿Fue bueno o no que le hiciera caso al duende?

Pese a esta ambigüedad, era mi historia favorita. Había algo en el entusiasmo de los chicos cuando descubren la colección del señor que me fascinaba. Quien, todo sea dicho, nunca hizo más que solo juntar lo que le gustaba.

Yo también he terminado juntando las cosas que me gustan. ¿Habrá tenido algo que ver esta historia de mi infancia o solo fue el azar el que me puso en esta posición?

A diferencia del chico convertido en viejo, no hay un momento en el que piense que no ha valido la pena. El One Piece es la colección que hacemos en el camino. Sisifo cargando la roca.

Sin embargo, últimamente me cuestiono cada vez más mi consumo.

¿Qué es lo que colecciono? Mangas, figuras, algunos peluches fabricados con fibras sintéticas; plumas y marcadores. Discos de música y DVD. Cuadernos.

Papel y plástico. Quitándole sentimentalismos, en esencia eso es todo.

Hace unos meses me metí a unos grupos de Facebook de venta de figuras y mangas. Quería vender dos figuras de anime que nunca saqué de su caja y quizá unos viejos mangas que nunca terminé de coleccionar porque la historia no me atrapó. Pero la cantidad de productos a la venta me abrumó. Era lógico que hubiera varios, no sé por qué no lo pensé. Viví tanto en mi burbuja de tiendas en línea, que la cantidad que existían en la vida real no parecía tan grande.

En mi última ida a Japón recuerdo sentir que la cantidad de tiendas BookOff se había triplicado y cierto cansancio y desesperación me invadió después de entrar a dos de ellas y ver la cantidad de mangas, figuras, libros, ropa y demás cosas. Es decir, qué bueno que podamos conseguir objetos que nos gustan y a tan buen precio, pero al mismo tiempo, ¿cómo pueden existir tantas cosas?

¿No coleccionamos todos lo que nos gusta? ¿cuál era la razón de tanta venta?

Bueno, para coleccionar hay que comprar, y obviamente para comprar, alguien tiene que vender. También hay gente que muere o que tiene otras circunstancias.

Por otra parte, también tengo cosas que compré sin pensar mucho en ello. Tan solo cuando llegó Panini a México, recuerdo que sentí que debía apoyar y trataba de comprar todos los mangas que podía. También tengo colecciones incompletas porque no compré los números a tiempo. En las figuras me va un poco mejor, tal vez porque desde el inicio, me puse reglas para comprarlas, aunque aún así he tenido mis tropiezos.

De hecho, hubo un momento en que sentí que ya había llegado mi momento de no tener más. Con el trabajo, no tenía tiempo de ver tanto anime y, por tanto, no seguía a los nuevos personajes que iban saliendo, pero no me importaba. Estaba bien así. Y después pasaron cosas y de repente empecé a comprar figuras de nuevo, aunque ya no con esta “urgencia” que llegué a sentir anteriormente. Mi error actual en las figuras ha sido comprar por sentir que debo comprar. Y si eso me pasa a mí, seguro que les pasa a muchos.

Creo que mi problema es con toda esta rueda consumista en la que parecemos estar inmersos.

Al entrar a Instagram y ver estas hermosas casas y habitaciones, llenas de magia y de las cosas que les gustan a sus dueños, una parte de mí se siente bien de ver cómo se disfruta de las cosas que nos gustan, tal como yo, pero otra parte piensa si en verdad el mundo necesita todas estas cosas que se están creando. La respuesta simple es no, no se necesitan más cosas, pero creo que la imaginación humana tampoco se puede restringir de esta manera. Necesitamos imaginar y crear.

Hace años, mientas iniciaba con mi colección, recuerdo que una noche pensé: “¿por qué compro todo esto? Si me voy de aquí, ¿realmente me llevaré todo? Solo me estoy encerrando en una jaula”.

Supongo que eso no invalida cuánto disfrutaba leyendo o viendo mis cosas, pero también me sentía atrapado en mi propio deseo de tener este espacio que fuera y se sintiera mío.

¿Por qué inicié con la historia de la venta de estado? Porque me puso a pensar en lo subjetivo que es lo importante para alguien. ¿Cómo sería mi propia venta de estado? ¿Los mangas le interesarán a alguien o serán vistos como aquellas tarjetas navideñas, arrinconadas en un cajón? ¿la gente entrará y se sentirá asfixiada entre tantas cosas?

Es fácil pensar que eso no pasará con mis cosas, pero creo que es más común ver que muy pocas conservan o aumentan su valor. No sé, veo como están las ventas en esos grupos de Facebook, en BookOff, en las tiendas en línea y me siento triste.

“Siento que tú o tu mascota estén enfermos, pero la verdad es que nada de tu colección le importa a nadie. Solo te importa a ti”, parecen decir en silencio la falta de comentarios de los posts que veo en estas páginas de venta o la cantidad de cosas que hay en los BookOff.

En Youtube me salen de vez en cuando unos shorts donde le comparten a un sujeto fotos de las herencias que le han dejado a millenials y genzs. Colecciones de latas, de muñequitos de cerámica, cucharas, peluches, etc. Eso me hace pensar que esto de las colecciones que “no valen nada”, es algo de siempre. Pongo el “no valen nada” en comillas porque quizá para esos padres o abuelos, coleccionar cucharas fue lo único que les dio un respiro en su cansada vida adulta. Creo que cuando lo ves así, puedes empatizar, porque todos somos similares en ese aspecto. Pero luego veo la situación del mundo en el que estamos y pienso que todo es demasiado sucio, demasiado superficial, que hay demasiado de todo y que yo soy parte del problema.

Mi consumo quizá no se equipara al de los ultra millonarios o de empresas multinacionales (que le pertenecen a millonarios también), pero sigue siendo consumo y cuando (quizá sesgado por el algoritmo) me salen shorts o tiktoks o videos de gente compartiendo sus compras del mes, sus nuevas figuras, sus nuevos mangas o sus nuevos lo que sea que estén vendiendo, me surge un nudo en el estómago que no puedo deshacer, porque me gusta que compartamos aquello que nos gusta, pero también creo que todo consumo tiene consecuencias.

Es tan fácil resetear un videojuego al inicio o a tu última salvada cuando las cosas no van como quieres, pero no existe ese botón en la vida real.

¿Cómo me sentiré yo en mis últimos momentos respecto a mi colección? Siempre que puedo les digo a mi madre y a un mi hermana: “cuando muera, tal y tal cosa deben se cremadas conmigo. Lo demás lo pueden vender o se lo pueden quedar”. Es un poco una broma, un poco en serio. ¿No significa eso que hay cosas más importantes para mí que otras? ¿Entonces por qué compré también lo demás?

La persona que me llevó a la venta de estado falleció hace un mes. Las cosas que estaban en su casa ni siquiera terminaron en una venta de estado porque casi todo se fue a la basura. Sus familiares no querían lidiar con todo eso y era más fácil solo tirarlo, supongo. “Solo tirarlo”.

Si el anciano de Historias extraordinarias, hubiera muerto antes de que aquellos hombres lo encontraran y valuaran su colección, ¿qué habría significado la historia entonces? Quizá sí debió haber un momento en el que el viejo se diera cuenta que su colección valía por lo divertido que fue irla obteniendo y no solo por el dinero que eventualmente le dio. De otra forma, quizá es solo una extraña metáfora del capitalismo y cómo invertir.

Eran los años noventa y la sociedad aún parecía tener algo de optimismo ingenuo. Ahora ya no parece haber lugar para el optimismo o para ser ingenuo.

Sé que soy como Stan Marsh cuando se convierte en un “cínico de mierda”.

“Soy mujer, Mary. Puedo ser tan contradictoria como quiera”. Quizá en esta frase de la Condesa Viuda de Grantham se esconde mi situación: me gusta mi colección y ver como las cosas que nos gustan llenan nuestras vidas. Al mismo tiempo, creo que debo detenerme a pensar qué implica cada cosa que compro y cada cosa que tiro.

Cuando viajo y me quedo fuera de casa, añoro mi espacio y mis cosas, pero mentiría si dijera que no siento cierta “libertad” al no tener nada a lo que aferrarme.

La vida está llena de contradicciones.